lunes, 28 de enero de 2013

TOLTEQUIDAD - TOLTECAYOTL 02

(Guillermo Marín)

Fue en Teotihuacan donde los dioses iniciaron el Sol en el que vivimos. Para ello fue necesario que se sacrificaran los dioses y se lanzaran al fuego liberador de la partícula divina. De esta manera se creó el Sol y la Luna. De la misma manera los dioses encomendaron a Quetzalcóatl que fuera al Mictlan[1] a robarle al Señor de la Muerte, Mictlantecutli, los huesos de los seres humanos del Cuarto Sol para con ellos realizar un sacrificio con su propia sangre, a fin de darles vida. También le encomendaron dotarlos de alimento. Fue así que descubrió "el Monte de Nuestro Sustento", donde se encontraban almacenados todos los granos que son el alimento del Quinto Sol.

Finalmente, todos los dioses se sacrificaron para que los seres humanos viviéramos, es por ello que a las personas se les llamaba "masehuales", que en náhuatl significa "merecedores del sacrificio de los dioses" , lo que marca una de las pautas esenciales de nuestra manera de entender la vida: el sacrificio.

Los toltecas crearon una estructura religiosa para los seres comunes que formaban "las pencas del nopal" o “el ala y la cola del águila", giro metafórico para nombrar a la población en general. En la religión existía una gran fuerza creadora, superior a cualquier concepto humanamente imaginable. Por ello decidieron no darle nombre ni representación. Era lo invisible e impalpable que se encontraba en todo lugar al mismo tiempo. A Él se referían como "Aquél por quien se vive", "Noche viento", "El señor del cerca y del junto". Equivale a Dios Padre en la religión judeocristiana.

En su aspecto más humanizado y conceptual, Dios era considerado una divinidad dual, mitad femenino y mitad masculino. En la religión cristiana equivaldría a Jesucristo, hijo de Dios en la Tierra. También se lo entendía como el conjunto de pares opuestos complementarios con los que se construye "el mundo en el que vivimos". Los antiguos se refirieron a este par como el "Dios del Agua" y el "Dios del viento". El primero comprende todo lo que nos rodea, que por su naturaleza está compuesto de átomos y es energía "condensada o materializada". El segundo abarca la "otra energía" de la que se compone el mundo, el "soplo divino" que le otorga conciencia a la materia. Al dios del agua, los nahuas le llamaron Tláloc y al del viento, Quetzalcóatl. Los mayas nombraron a dicho par: Chac y Cuculcán, respectivamente. De similar manera, cada cultura concibió el mismo par, simbolizado bajo nombres diferentes, ya que nuestros Viejos Abuelos constituyeron una sola civilización, independientemente de la diversidad de culturas en las que se haya expresado tal sabiduría.

Los cinco rumbos de la existencia constituyen otra de las piedras angulares de la filosofía y la religión en el México Antiguo. De acuerdo a éstas, el mundo humano estaba condicionado por cinco direcciones, que se trazaban a partir del ombligo o centro energético. Una línea dividía al hombre en dos planos. El segmento de la cintura a la cabeza representaba el cielo y comprendía los órganos que simbólicamente ayudaban a exaltar el espíritu: el cerebro y el corazón. Dicha parte estaba simbolizada por el ave más bella que remonta las alturas celestiales: el Quetzal. El segmento del ombligo a los pies representaba la tierra y también abarcaba dos órganos que propiciaban que el ser humano se aferrara a la tierra: los riñones y el sexo. Estaba representado por el reptil, que inteligentemente se arrastra por el polvo de la vida: Cóatl.

El desafío primordial de la existencia, según la filosofía tolteca, consiste en integrar o encarnar el Quetzalcóatl, o sea, lograr el equilibrio entre el aspecto espiritual y el material de nuestro ser.

Pero los toltecas todavía iban más allá, trazando un corte simbólico en sentido longitudinal. La parte derecha resultante representaba el mundo tangible o Tonal, junto con los atributos: racional, solar, masculino y objetivo. La parte izquierda representaba el mundo intangible o Nahual, junto con los atributos: intuitivo, lunar, femenino y oculto o sutil, que en la cultura milenaria china equivalen exactamente al Yang y al Yin, respectivamente.

Si en lugar del cuerpo, la cruz se traza sobre la tierra para darle tres dimensiones, aparece una quinta dirección además de los cuatro puntos cardinales o “rumbos de la existencia”: el arriba y el abajo: la exaltación o la degradación, al igual que el Yin y el Yang en su círculo compartido. En efecto, en el plano terrestre de la existencia encontramos cuatro puntos cardinales partiendo “del centro u ombligo del mundo”. Sin embargo, del centro parten otras dos direcciones, una que es ascendente y se dirige hacia arriba. Y la otra descendente que se dirige hacia abajo.

Los toltecas postulaban que el gran desafío humano consistía en equilibrar los cuatro "rumbos de su existencia" en tendencias balanceadas para con ello lograr elevación espiritual y, por ende, la trascendencia. De modo contrario, sí el individuo se afanaba más en cualquiera de las direcciones -mostrar proclividad excesiva hacia le etéreo y espiritual, lo burdo o material, lo lógico y racional o lo intuitivo y sutil- corría el peligro de caer en la insensatez o merma personal.

El pensamiento tolteca o Toltecáyotl no varía gran cosa respecto del pensamiento filosófico de cualquier otra civilización antigua pues, en esencia, el ser humano y su destino es uno y el mismo para todos, sin importar tiempo ni espacio o cultura. De modo que al abordar el pensamiento filosófico de los toltecas no puede uno sino apreciar el parecido con el de otras civilizaciones y, a menudo, asombrarse con sus semejanzas.

La maestra Laurete Séjurné llama a la concepción arriba mencionada "Quincunce o Ley del Centro”, la cual está representada de manera reiterativa a todo lo largo de la Toltecáyotl. En la arquitectura del México antiguo veremos normalmente un patio cuadrado central, con cuatro habitaciones o pirámides a los lados y una pequeña construcción en el centro, representándola. El calendario azteca exhibe repetidamente los cinco puntos de la existencia. Todas las manifestaciones iconográficas mexicas como esculturas, pinturas, estelas, textiles, tallas, grecas, revelan el quincunce. Al igual que la cruz de los cristianos, éste aparecerá en todos y cada uno de los sitios energéticos.

La Toltecáyotl comprende el conjunto de conocimientos y sabiduría generada por los toltecas con miras a la consecución de la más elevada misión del ser humano en la vida. En ese sentido, representa la herencia más noble y el fruto más fecundo de los antiguos y sabios pueblos del México antiguo.

Importante es repetirlo: dicha sabiduría vive, está vigente hasta nuestros días y constituye lo que en verdad nos sostiene como individuos y como pueblo hasta el día de hoy. Pero debido a la colonización cultural y espiritual que sufrimos, no aflora al plano conciente, si bien representa indiscutiblemente uno de los más valiosos recursos que nos permiten enfrentar el mundo actual. El desafío de los mexicanos en el tercer milenio es, pues, tomar conciencia dicho patrimonio cultural intangible que hemos heredado de nuestros Viejos Abuelos para enfrentar el turbulento presente que nos ha tocado vivir.

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