lunes, 21 de enero de 2013

UN MUNDO SIN "DIOS"

¿Qué sería de un mundo sin un dios que nos diese la razón última de nuestra existencia?

Ese mundo que dices ya existe: es el de los chamanes o naguales. El primer mandamiento del nagualismo era y sigue siendo liberarse de la idea de dios. Y, por extensión, sustituir toda creencia por experiencia. Obviamente, esta posición descarta tanto el teísmo como el ateísmo, que no es más que la creencia en que dios no existe.

Uno puede no creer en dios, sin ser ateo. Asimismo, uno puede definirse como ateo y seguir creyendo en dios. No basta con decirle "teoría del campo unificado" en lugar de "Jehová", pues eso sólo cambia el collar, pero no al perro. Hay que matar al perro. Y, si eliminas al perro, también al antiperro. Lo importante es no quedarse enganchado en razonamientos duales, pues ellos son la base de la posición del creyente.

En el sistema comunista se trató de eliminar el teísmo mediante cursillos de ateísmo. El resultado fue que la gente comenzó a adorar a Lenin, Stalin, Hitler y Mao. Ello nos da una lección: no puedes combatir una creencia emocional con razones. Más efectiva fue la estrategia de Siddharta (Buda), quien produjo una cultura completa en la cual no se toma en cuenta la hipótesis de dios.

El argumento de los creyentes es que los seres humanos no lo sabemos todo; por lo tanto, no podemos descartar a la Divinidad. Mi réplica es que, precisamente porque sabemos muy poco del mundo, no podemos asegurar que la Divinidad exista. La única actitud honesta, en tales circunstancias, es tratar de comprobar si existe o no. Y, todo el que ha emprendido ese esfuerzo, ha llegado a la misma conclusión: dios es la proyección del ego humano.

El concepto de "creer en dios" se compone de un verbo y un sustantivo. El sustantivo es inocente, el problema está en el verbo. Puedes cambiar o dejar el sustantivo, y eso no afectará en absoluto tu vida o la de los demás. Lo que realmente importa es que te atrevas a analizar qué hay detrás del verbo. 

Creer, en sentido religioso, es una propensión emocional. No deriva del análisis racional, pues la razón te dice que, si hay un creador de todo, también es el responsable de todo lo que pasa; luego, no es dios, sino un demonio. Tampoco deriva de la iluminación intuitiva, pues la intuición te dice que las cosas son lo que son y no necesitan explicaciones metafísicas. Es la emoción la que insiste en que tiene que haber un dios allá arriba o, de lo contrario, nuestra vida sería miserablemente desvalida.

Volviendo a la pregunta ¿qué pasaría si descartamos a dios de nuestra existencia?

No puedo hablar por los demás, pero sí por mi: cuando comprendí que el susodicho era un producto de la mente colectiva en mi mente, dejé de esperar que pasaran las cosas y me puse a hacer las cosas. En términos emocionales, lo sentí como abandonar una adicción. Me di cuenta de que dios es como el azúcar: endulza tu vida, pero te impide apreciar el verdadero sabor de las cosas.

La siguiente pregunta me interesa más: ¿cómo podemos descartar a dios de nuestra existencia?

Si se trata de una propensión emocional, entonces no vale razonar, sino estudiar nuestras emociones. Así como el cuerpo consume comida y la mente consume datos, nuestro vehículo emocional consume impresiones. El niño cree en Santa porque no tiene experiencia; en cuanto madura, despierta. Dios no es más que la versión adulta de Santa; la clave para limpiarse de esa superstición consiste en adquirir experiencia del mundo que nos rodea: viaja, lee, estudia historia, cosmogonía, conoce otras religiones, medita, ensueña, traga hongos.... en fin: vive.

Descartar a dios de nuestra existencia NO significa descartar la existencia de dios. Significa, simplemente, que nos limpiamos de una sugestión social. Una vez limpio se aclaran las dudas: en efecto, dios existe, sólo que es muy diferente de lo que el creyente supone. No es una cosa en sí, sino una cosa en mi. Tiene la naturaleza de un reflejo. Y, como dice Carlos, no vale la pena caer de rodillas delante del propio reflejo.

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